Escultura cerebral: Ampliando los horizontes

El cerebro humano
Por Carlos Alberto Arellano
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Muy cierto lo que dice María Luisa. Algunas personas nos cambian la vida. Y la cambian para mejor. Amplían nuestros horizontes mentales. En especial las que nos dan su amor, su tiempo, su compañía, sus sonrisas, sus caricias, su buena voluntad, mientras estamos creciendo, mientras vamos descubriendo este mundo tan complejo y singular. Sí, el amor hace crecer el cerebro. Es la verdad. Por eso es que los niños privados de caricias y de una relación emocional profunda con adultos (padres, tíos, tías, abuelos, abuelas, padres del corazón), tienen luego cerebros en desventaja, cerebros que no se desarrollan como corresponde. El amor cura. Y no sólo a los niños, también a los adultos. El simple hecho de que podamos leer estas palabras, se debe a todos aquellos (¡benditos sean!) que cambiaron nuestro cerebro, que lo esculpieron, que lo enriquecieron, que lo fortalecieron. Nuestros padres, nuestros maestros, nuestros hermanos mayores, esculpieron físicamente nuestro cerebro con todo lo que nos enseñaron. Las conversaciones que mantenemos a diario, incluyendo las que tenemos en la ventana de comentarios de un blog o a través de los correos, los hechos que presenciamos, los libros y las entradas que leemos, y el amor y la atención que recibimos a lo largo del día, nos cambian el cerebro. La buena noticia es que esto es así durante toda la vida, no sólo en la infancia.
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► Gigantio: Cuerpo humano