Solo y su alma: En el centro comercial

Por Carlos Alberto Arellano
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Alejandro ingresó en el gigantesco centro comercial y miró hacia todos lados, como buscando algo, no sabía bien qué. Las dos de la tarde. La luz de los cielos, la suave luz del pequeño sol de marzo, ingresaba por los grandes techos de vidrio, tres pisos más arriba. ¡Ah, ahí estaba la librería de la planta baja! La misma que tantas veces visitara, durante más de diez años, solo o con Marina y los chicos. La recordó cálida, interesante, bien iluminada y llena de lectores curiosos, sobre todo los fines de semana. Era lindo ingresar un sábado o un domingo por la tarde, caminar un poco entre las mesas, tomar un libro que te llamara la atención y sentarte a leerlo, dispuesto a pasar un buen rato junto a otros visitantes. Si te gustaba, lo comprabas. Si no te gustaba, lo regresabas al lugar que le correspondía. Ahora la vieja librería se veía sucia, un poco oscura, con los libros tapados de polvo y de silencio, con unas cuantas telarañas por aquí y por allá.
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