Helen Keller: Me trajo el sombrero, y por ello supe que iba a salir a la cálida luz del sol / Escritora, activista y oradora estadounidense

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Helen Keller (1880 - 1968)

Invidente y sordomuda, Helen Keller nació en Alabama, Estados Unidos, en 1880. Fue escritora, activista y oradora. Anne Sullivan es el nombre de la instructora que le enseñó a leer y a comunicarse con el mundo.

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Helen Keller nació en Alabama, Estados Unidos.

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Un día, la instructora de la señorita Keller se dispuso a salir de paseo con su pupila. He aquí el relato de la paciente:

...me trajo el sombrero, y por ello supe que iba a salir a la cálida luz del sol. Este pensamiento, si es que una sensación muda puede llamarse así, me hizo saltar de alegría. Bajamos caminando por el sendero que conducía a la caseta del pozo de la casa, atraídos por la fragancia de la madreselva que la cubría. Alguien estaba bombeando agua, y mi instructora me colocó la mano bajo el chorro. Mientras el fresco líquido se derramaba por mi mano, ella me tomó la otra y deletreó allí la palabra agua, primero lentamente y después con viveza.

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Helen Keller y Anne Sullivan, de vacaciones en Cabo Cod, julio 1888.

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Permanecí inmóvil, concentrada la mente en el movimiento de sus dedos. De repente me asaltó como una vaga conciencia de algo olvidado..., la excitación de un pensamiento recobrado, y sin saber muy bien cómo me fue revelado el misterio del lenguaje. Supe entonces que A-G-U-A correspondía al maravilloso frescor que yo sentía resbalar por mi mano. Aquella palabra viva despertó mi alma, le infundió esperanza, la llenó de luz y de alborozo, ¡la liberó!

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Helen Keller y Anne Sullivan en 1898.

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Cierto es que todavía quedaban obstáculos por salvar, pero eran obstáculos que andando el tiempo podría vencer sin dificultad. Me alejé del pozo con un deseo enorme de aprender. Ahora todo tenía un nombre, y cada nombre alumbraba otra idea. De regreso a la casa todos los objetos que palpaba parecían estremecerse llenos de vida. La causa de ello estaba en que ahora lo veía todo con la extraña y súbita visión que me había poseído.

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Tal vez el aspecto más sobresaliente de estos tres hermosísimos párrafos sea la sensación que invadió a Helen Keller de que su mente tenía una aptitud latente para asimilar el lenguaje y que lo único que necesitaba era que se le enseñase el camino para acceder a él.

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