Los tranvías de cable de San Francisco, con 135 años de servicio, no son solo un atractivo turístico sino un icono de la ciudad.
► Imagen tomada de. Wikipedia
He visto muchas ciudades construidas por encima del nivel del mar. Por muy diferentes que sean Marsella, Argel, Lisboa, Nápoles, todas tienen una característica común: sus colinas se utilizan como elementos arquitectónicos; las calles se adaptan a las curvas, trepan en espiral, pero se puede divisar el mar desde cualquier parte; su plano, que parece complicado en los mapas, resulta natural y simple en la realidad.
La calle California, situada en el corazón financiero de la ciudad.
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Aquí pasa justo lo contrario: San Francisco es un espectáculo de tenaz abstracción, un delirio geométrico. El urbanista trazó su plano en papel sin cotejarlo con el lugar: es un damero de líneas muy rectas, exactamente igual que Nueva York o Buffalo. Las colinas, esos accidentes demasiado concretos, han sido obviadas; las calles trepan y se descuelgan por ellas sin desdibujar su rigidez. Una de las consecuencias es que casi nunca se divisa el mar; encerradas entre barreras sucesivas que cortan el horizonte, reina una calma de provincias en las calles: bordeadas por casas blancas de tres o cuatro plantas, están pavimentadas con adoquines rojos que recuerdan el límpido enlosado de las cocinas holandesas.
A cable car descending Nob Hill.
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San Francisco no tiene los cálidos tonos cosmopolitas de Barcelona o Marsella; el recuerdo de los buscadores de oro, de sus campamentos, de sus reyertas, parece muy remoto. Se puede ir a pie durante mucho tiempo por sus tranquilos barrios burgueses sin sospechar siquiera que vamos por el centro de una urbe de ochocientos mil habitantes.
Simone de Beauvoir
América día a día (1947)
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