James Holmes: El responsable de la masacre en el estreno de Batman fue un niño solitario y tímido / 12 muertos y 58 heridos / Denver, Estados Unidos / Sobre maltratados, ignorados, delincuentes y asesinos

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La Ciudad y Condado de Denver  es la capital y la ciudad más grande del estado de Colorado en Estados Unidos. Denver es una ciudad-condado consolidada situada en el valle del río Platte Sur en High Plains, al este de la Cordillera Front en las Montañas Rocosas.

(Map of Denver)

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James Holmes, el hombre de 24 años que asesinó a 12 personas en el estreno de Batman, fue un niño solitario y tímido. Algunos compañeros de estudios y vecinos comentaron que nadie lo conocía, nadie lo saludaba. Holmes arrojó una bomba de humo a la audiencia y una vez que el humo fue liberado (llevaba una máscara de gas y equipo antibalas) empezó a disparar. Cuando llegó la policía al cine, no opuso resistencia. Se entregó diciendo que era el Guasón y advirtió a los policías que había dejado explosivos en su departamento. Holmes disparó contra hombres, mujeres y niños. Una enfermera de la Medical Center of Aurora dijo que las heridas eran «horribles».

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Universidad de Colorado en Denver.

(The Anschutz Medical Campus in Aurora, Colorado)

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James Holmes le envió una encomienda a un psiquiatra de la Universidad de Colorado días antes de la masacre. En el interior de la encomienda había un cuadernillo con ilustraciones de cómo iba a matar gente en un cine de Aurora. Lamentablemente, la encomienda quedó sin abrir en la oficina de correo.

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Sobre maltratados, ignorados, delincuentes y asesinos:

En plena edad infantil, a los seis años, cuando el niño todavía es puro e inocente, se le puede profetizar, con gran exactitud, cómo se comportará socialmente muchos años después, cuando se haya convertido en adulto.

Aunque parezca sorprendente puede asegurarse que si un experimentado psicólogo especializado en la infancia observa y estudia el ambiente hogareño, el círculo familiar en el que creció y se desarrolló un niño, puede prever con un índice de posible acierto del 80,5 por ciento, si al hacerse mayor será una persona honesta y respetuosa con las leyes o acabará por convertirse en un delincuente habitual.

A primera vista esto parece un fenómeno verdaderamente monstruoso. En plena edad infantil, a los seis años, cuando el niño todavía es puro e inocente, se le puede profetizar, con gran exactitud, cómo se comportará socialmente muchos años después, cuando se haya convertido en adulto.

Las investigaciones y estudios realizados por el famoso criminólogo estadounidense profesor Sheldon Glueck y su esposa Eleanor, en la Universidad de Harvard en Cambridge, Massachusetts, están entre los más profundos realizados en toda la historia de las ciencias naturales. Hasta tal punto que, en los círculos profesionales y especializados, los resultados se consideran incontrovertibles. Sus consecuencias se establecieron en cuarenta años de investigaciones ininterrumpidas y comprobadas innumerables veces en el terreno práctico.

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Prisión en una estación de policía en Alemania.

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En 1925 el grupo de investigadores decidió comprobar si en los antecedentes familiares de 500 delincuentes que cumplían condena, existían rasgos comunes que fueran más allá de lo que podría ser una mera coincidencia circunstancial. ¡Y los encontraron en las relaciones hogareñas! Del estudio del ambiente familiar de aquellos jóvenes convertidos en delincuentes se deducía:

El 72,5 por ciento de ellos fue castigado por el padre con excesiva severidad o de modo caprichoso.

El 83,2 por ciento fue cuidado o atendido por la madre de manera insuficiente.

El 75,9 por ciento fue tratado por el padre con enemistad o indiferencia.

El 86,2 por ciento fue tratado por la madre con enemistad o indiferencia.

El 96,9 por ciento se crió en el seno de una familia en la que no reinaba el menor espíritu de comunidad afectiva.

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Celda de Alcatraz.

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La comparación de estos porcentajes daba como resultado que se podía eliminar el factor «influencia del padre» sin que los resultados variaran. Por consiguiente podían tacharse dos de esos cinco criterios.

Como sabemos ahora, esos tres aspectos que conservaban su vigencia podían referirse a uno solo: el hecho de si entre el niño en cuestión y su madre había existido un estrecho lazo afectivo. Si los lazos con la madre no habían estado presentes, faltaban también los lazos padre-hijo, al menos en la mayor parte de ellos. Los pocos casos en los que el padre, en oposición a la madre, había querido mucho a su hijo, posiblemente se incluyen en el porcentaje de fallos de la cuota de pronósticos. En esos casos, el niño, pese a los pronósticos que vaticinan su futuro delictivo, mantiene en orden su psiquismo y en él falla el pronóstico.

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Celda de Al Capone en la penitenciaria del Estado del Este, donde pasó 10 meses en 1929–1930 por posesión de un arma encubierta.

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Este sistema abarca, esto es algo que debemos subrayar expresamente, sólo aquellos delincuentes cuya inclinación criminal se relaciona con una errada dirección de su vida instintiva. Junto a ésta hay, también, otras motivaciones delictivas, como los celos, un amor contrariado, desesperación en casos extremos, situaciones de necesidad, miedo existencial, deseos de venganza y muchos otros semejantes. Estos delincuentes no fueron incluidos en la tabla de pronósticos del matrimonio Glueck.

Se trata, además, de los delincuentes que se mostraron más aptos para su reinserción social, mientras que, por el contrario, los delincuentes impulsados por la desviación de sus instintos sólo en muy pocos casos pudieron ser reeducados para ser miembros de la comunidad, animados por sentimientos sociales y humanos.

Después de tomar en consideración las mencionadas correcciones, los pronósticos de criminalidad del matrimonio Glueck mostraron un índice de aciertos muy próximo al cien por ciento. Los investigadores y sus numerosos colaboradores, interrogaron a muchos niños de seis años que empezaban a ir a la escuela, sin poner en antecedentes de ello a sus padres, ni a sus maestros o médicos, de manera adecuada a sus intenciones. Como es natural el resultado de sus tests lo conservaron en secreto. Pasados diez o quince años averiguaron qué había sido de los niños en ese tiempo. Aquellos a quienes los investigadores habían pronosticado (en secreto y sólo para conocimiento interno) un futuro delictivo, casi todos habían sido condenados por la justicia.

Las circunstancias de que los interrogados fueran estadounidenses, puertorriqueños, japoneses, franceses o alemanes, pertenecientes a capas sociales más o menos altas o bajas, provinieran de familias cultas o incultas, fueran católicos, protestantes o judíos, hombre o mujer, etc., no influyeron en absoluto en la realización del pronóstico.

Vitus B. Dröscher, etólogo alemán

Calor de hogar

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Edmund Kemper (1948, Burbank, California) es un asesino en serie al que también se le conoce cómo El asesino de las colegialas. Estuvo activo en la década de los 70.

Kemper mató y descuartizó a los dos gatos de la familia, disparó y apuñaló a su abuela porque ella insistía en que la ayudara con las tareas domésticas, le pegó un tiro a su abuelo y dejó tendido el cadáver en el jardín. También mató a su madre.

Kemper, que vivía obsesionado con la idea de matar, dijo que su madre siempre lo había odiado.

Como la mayoría de los asesinos reincidentes, Edmund Kemper se crió en el seno de una familia disfuncional cuyos padres reñían constantemente.

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La crueldad infantil hacia los animales es el rasgo principal de los tres que caracterizan la personalidad del asesino en ciernes (la llamada «tríada del homicida»); los otros dos son la piromanía y la enuresis (incontinencia urinaria durante el sueño pasada la edad en que esto es normal.

John Douglas

Nota: John Douglas trabajó durante años en una división del FBI, aspirando a leer el pensamiento de asesinos y violadores múltiples.

Son espantosos los sufrimientos que muchos asesinos seriales y otros delincuentes violentos han padecido en la niñez, pero John Douglas está convencido de que casi todos son responsables de sus actos. Siguen el camino del delito por elección y deben, por tanto, afrontar las consecuencias. Por otra parte –agrega Douglas– el hecho de que observen buena conducta en prisión no forzosamente indica que seguirán haciéndolo si se les deja en libertad, aunque algunos jueces, abogados defensores y psiquiatras sostengan lo contrario.

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Cráneo humano masculino mostrando un orificio de salida por bala en el hueso parietal.

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Allí donde se castiga físicamente a los niños tiende a haber homicidios frecuentes

El neurosicólogo James W. Prescott ha llevado a cabo un análisis estadístico transcultural sorprendente de 400 sociedades preindustriales y ha descubierto que las culturas que derrochan afecto físico en sus hijos tienden a no sentir inclinación por la violencia. Incluso las sociedades en las que no se acaricia mucho a los niños desarrollan adultos no violentos siempre que no repriman la actividad sexual de los adolescentes. Prescott cree que las culturas con predisposición a la violencia están compuestas por individuos a los que se los ha privado de los placeres del cuerpo durante por lo menos una de las dos fases críticas de la vida, la infancia y la adolescencia.

Carl Sagan, astrónomo estadounidense

Cosmos

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Madre con hijos, por William Adolphe Bouguereau (1879).

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Allí donde se fomenta el cariño físico, son apenas visibles el robo, la religión organizada y las ostentaciones envidiosas de la riqueza; donde se castiga físicamente a los niños tiende a haber esclavitud, homicidios frecuentes, cultivo de la inferioridad de la mujer, y la creencia en uno o más seres sobrenaturales que intervienen en la vida diaria.

Carl Sagan

Cosmos

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La guerra, 1894, óleo sobre tela de Henri Rousseau.

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Las tribus guerreras trataban deliberadamente a sus bebés y a sus niños de manera disciplinaria… para convertirlos en adultos más agresivos

En Cómo es su bebé, Desmond Morris (etólogo y zoólogo británico) cuenta que la condición social de las culturas tribales que no atendían prontamente a los bebés cuando lloraban, que ignoraban sus gritos, que los dejaban llorando solos sin hacerles el menor caso… era de guerra. Las tribus guerreras trataban deliberadamente a sus bebés y a sus niños de esta manera disciplinaria… para convertirlos en adultos más agresivos. 

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Admiration maternelle («Admiración maternal», 1869). Óleo de William-Adolphe Bouguereau.

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La clave de un mundo pleno de amor es el amor de la madre por su hijo. Aquel a quien la vida no se lo concedió de niño, no podrá experimentar la sensación de felicidad que implica el sentirse amado; no podrá ofrecérselo a los demás y más tarde, convertido a su vez en madre, o padre, será incapaz de transmitírselo a sus propios hijos. De ese modo penetra el hielo del desamor en la vida en común de nuestra civilización y trae al mundo desgracia e infelicidad.

Vitus B. Dröscher, etólogo alemán

Calor de hogar

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Elisabeth Louise Vigée-Lebrun: Madame Vigée-Lebrun et sa fille.

Cada uno de nosotros puede contribuir de modo personal al futuro del mundo abrazando tiernamente a nuestros niños.

Carl Sagan, astrónomo estadounidense

Cosmos

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Sobre el instinto maternal:

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Antigua Roma, formación en testudo o tortuga, Antigua Roma.

(A testudo, por Wenzel Hollar)

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En la época del nacimiento de Cristo, más o menos, ya resultaba normal en el Imperio romano que todas las mujeres de las clases sociales elevadas entregaran sus bebés recién nacidos a amas de cría que, a partir de entonces, eran quienes cuidaban de los niños, a los que las madres sólo veían de manera ocasional y breve.

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Pollice Verso, de Jean-Léon Gérôme, representando el final de un combate de gladiadores, en donde el público dirige el pulgar hacia abajo, en contra del gladiador derrotado.

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Fragmento de un mosaico gladiatorio.

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Las consecuencias son de todos bien conocidas: un pueblo de imperialistas que dominó el mundo sin consideración, esclavistas asociales, bárbaros que se divertían viendo las cruentas y bestiales luchas de los gladiadores…

The Christian Martyrs' Last Prayer, by Jean-Léon Gérôme (1883)

The Christian Martyrs' Last Prayer, by Jean-Léon Gérôme (1883)

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…y se deleitaban al contemplar cómo las fieras devoraban a pobres e indefensos seres humanos. Un pueblo que cayó en la inmoralidad y perdió todos sus escrúpulos.

File:John William Waterhouse - The Remorse of the Emperor Nero after the Murder of his Mother.JPG

Los remordimientos de Nerón tras matar a su madre, por John William Waterhouse, 1878.

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El matricidio de Nerón muestra de por sí la influencia que este abandono de los deberes maternales de cuidar y amar a los hijos puede producir en la conducta posterior del niño.

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Los fusilamientos del 3 de mayo, Francisco de Goya.

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Hacia 1760 se puso de moda en Francia que no sólo las damas de la aristocracia, sino también las de la burguesía, entregaran sus bebés para su crianza a las amas de leche. Tenemos algunas cifras de la extensión de esta costumbre en París: en un año, de 21 mil madres, 19 mil entregaron sus hijos a personas extrañas para que se ocuparan de criarlos y educarlos…

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Caricatura satírica de Inglaterra satirizando los excesos de la Revolución Francesa como se simboliza a través de la guillotina: entre 18.000 y 40.000 personas fueron ejecutadas durante el Reinado del Terror.

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También en este caso los resultados fueron reveladores: Primero, la Revolución Francesa de 1789 con su indescriptible crueldad. Y después, Napoleón.

Elisabeth Badinter, una profesora de sociología francesa, saca de esto una conclusión falsa. En su opinión, cuando en el transcurso de la historia cultural de un pueblo se producen cambios notables en las relaciones entre madres e hijos, esto prueba, simplemente, que el amor maternal «no está arraigado en la naturaleza de la mujer de manera independiente del espacio y el tiempo, y no es, por lo tanto, ni instintivo ni congénito.»

No supo entender en absoluto.

Ese instinto natural, que es el amor maternal en los seres humanos, está sujeto, ciertamente, a cambios histórico culturales, pero esto se debe a la manera en que se establece inmediatamente después del nacimiento del bebé el contacto y la relación madre-hijo, al modo y la forma –al sí y al cómo- de estas relaciones que, a su vez, dependen en grado muy importante de la cultura, la tradición, la moda y las ideas dominantes en cada época. Es decir, el instinto maternal existe, pero es influenciable por elementos ambientales extraños.

Vitus B. Dröscher

Calor de hogar

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Sobre el contacto corporal madre-hijo:

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Madre en período de lactancia.

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Los estímulos que lleven al juego en la temprana infancia, dejan su impronta en el crecimiento y la madurez de las estructuras del cerebro.

Está de más la discusión de si lo observado en animales puede aplicarse a los seres humanos, después de las investigaciones de los psicólogos doctor Reginald Dean y doctora Marcelle Geber con niños de Uganda. Con una serie de tests, adaptados a distintos grupos de edad, hicieron en seguida un sorprendente descubrimiento:

Hasta los doce meses de edad los niños de aquel país africano mostraron un desarrollo psíquico superior al de los niños estadounidenses y europeos de la misma edad.

Sin embargo, a partir de los doce meses se verificaba una brusca alteración del proceso: la ventaja desaparecía y, poco a poco, los niños se iban quedando atrás hasta el punto de que cuando llegaban a los tres años causaban la impresión de estar ausentes, como embobados.

Según diagnosticaron los investigadores, la causa de ello estaba en el cambio radical a que se sometía su proceso educativo. Hasta cumplir su primer año de edad esos niños viven en estrecho contacto con sus madres, que los llevan colgados de sus espaldas dondequiera que vayan, que no dudan en interrumpir cualquier actividad, la que sea, para atenderlos y darles de mamar siempre que se lo piden, que juegan y hasta duermen con ellos. Esto les sienta maravillosamente bien a los lactantes y de aquí su excelente desarrollo psíquico.

Pero cuando el niño cumple un año, la madre se aleja de él de manera repentina. El pequeño no sólo pierda el contacto corporal permanente con su madre, sino que es entregado a la abuela o a una tía para que cuiden de él y que, generalmente, lo que hacen es encerrarlo en una cabaña oscura, solo y sin tener con qué jugar, ni amigos de su propia edad ni cosa alguna que pueda despertar su interés. De ese modo, poco a poco, su alma infantil se va cerrando en sí misma y se apaga.

Vitus B. Dröscher

Calor de hogar

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Sobre el llanto de los bebés:

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Cachorro de león con su madre.

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Entre los animales, las madres no dejan llorar a sus hijos.

En Baltimore, la profesora Mary Ainsworth, con algunos colaboradores, ha observado a muchas madres y sus hijos, sin influir sobre ellas, durante un año entero, y ha estudiado la conducta de llanto del bebé, la reacción ante ella y el desarrollo consecuente de la personalidad del niño.

Los resultados son sorprendentes. Todos aquellos niños que durante los tres primeros meses de vida fueron consolados y acariciados por la madre cuando lloraban, contrariamente a lo que se creía, no lloraban más que los otros al llegar a una edad de entre nueve y doce meses, sino mucho menos que aquellos cuyas madres no hacían caso a sus llantos y gritos. Es decir, que no se convierten en tiranos aquellos niños que son atendidos por las madres prontamente cuando lloran, sino los otros, aquellos a los que se dejó llorar sin hacerles caso.

El llanto de los lactantes humanos, como en las crías animales muy jóvenes, es algo muy distinto del de los chicos ya algo mayores con sus rabietas. Es decir, no se trata de un acto de agresión, sino de un signo de temor colosal a haberse perdido. Ninguna madre animal deja abandonado a su hijo que grita asustado. Más tarde, cuando el niño ya se ha hecho algo mayor, las cosas son, desde luego, muy distintas.

Las madres animales y de modo puramente instintivo no pueden hacer otra cosa que correr hacia sus hijos, como ha observado Leyhausens al estudiar la conducta de los gatos monteses. Y, sin embargo, esas madres animales no producen «tiranos» que no las dejarán en paz en el futuro. La frialdad de sentimientos con respecto a un niño que llora es cosa reservada al intelecto humano.

Vitus B. Dröscher

Calor de hogar

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La cuna, de Berthe Morisot, 1872.

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